Ven. Madre Elena Bettini

Elena Bettini nace en Roma el día de la Epifanía de 1814 de Vicente y  Lucía Cardinali. Es una familia de cinco hijos, simple y modesta, donde se respira la presencia de Dios. “Mis padres me nutrieron en la fe, de ellos aprendí a conocer a Dios y los caminos que conducen a Él”, recordará Elena, con filial gratitud cuando estará en contacto con niños que han crecido a la deriva y tocará con mano las heridas de miles rostros.

 Un providencial encuentro con Padre Tomás Manini en la Iglesia de San Carlo ai Catinari le revela el proyecto de Dios sobre su vida. Tiene apenas 18 años, Dios la llama a dejar todo, a confiarse únicamente de Su Providencia: aquellos niños en poder de la calle, sin alguna instrucción, esperan su respuesta que es inmediata y para siempre.

El 8 de Septiembre de 1832, junto a dos compañeras, se consagra al Señor y nace la Congregación de las “Hijas de la Divina Providencia”.

 La fe simple y serena en el amor del Padre ilumina las noches más oscuras del Instituto naciente que viene definido: “sin fundamento” “destinado a derrumbarse” porque no pone su seguridad sobre recursos humanos y esto asombra cada lógica.

La escuela de la Providencia, que se abre en la calle de los Carpinteros el 21 de noviembre del mismo año, es totalmente gratuita y es una novedad muy insólita para no ser informada por los diarios: “Es un espectáculo la calle de los Carpinteros afluencia de personas con sus hijas ineducadas y bulliciosas”. Pero después de algunos meses del cercano colegio Romano, hay alguno que va a gozarse cada día “el edificante espectáculo de las monjitas que llevan a la Iglesia de San Carlo una larga fila de niñas”: este joven seminarista será Mons. Rafael Sirolli primer biógrafo de la Bettini.

Extraordinaria es la pobreza de nuestros orígenes, la Providencia es solo para hoy y cada mañana pide a sus hijas una fe más grande, una humildad más profunda. También el observador menos sensible de aquel milagro cotidiano, come escribe el historiador C. L. Morichini con maravilla: “… aquellas maestras llamadas de la Providencia, quieren ser absolutamente pobres y por ninguna cosa del mundo replegarán sus esfuerzos para la pequeña recompensa de sus fatigas”.

Apenas tres años Padre Manini es trasladado a Torino, las dificultades se multiplican, la primera casa en calle de Los Carpinteros deberá ser demolida y la familia crece, se abren nuevas escuelas siempre con la insignia de la gratuidad  y de la total confianza en la Providencia, se acerca la gran prueba: Elena Bettini desde 1837 es Superiora y Madre de la pequeña Congregación, propio ella que se consideraba la más pequeña e incapaz para tal responsabilidad, pero Dios ha mirado su corazón y puede contar con esa “semilla” pronta a corromperse para que florezca la primavera. Cuando es desierto alrededor, cuando se hace noche, cuando vigila solo la fe, la obra de Dios germina, ramifica, se dilata y produce fruto: solo en esta luz entendemos la humilde seguridad de Elena Bettini al trasladar la Casa Madre al Testaccio donde nadie había resistido. “Esta es obra para nosotras” repite con simplicidad desarmante.

Siempre atenta a las necesidades de los últimos, abre allí una sala cuna, una cocina económica, un taller femenino y un internado para niñas sin familias cerca de la escuela que hoy lleva su nombre. La nueva casa llega a ser centro de acogida y de luz para un sector humano siempre más extenso y surge la primera iglesia del barrio: el Santuario de la Madre de la Divina Providencia.

Una obediencia total caracteriza la existencia de Elena Bettini, siempre atenta a acoger el paso de Dios en su vida a través de las mediaciones humanas. Una de la más sufrida, poniendo a disposición todo sí misma, es al Santo Padre Pío IX que en 1856 le confía la difícil dirección del Conservatorio de la Santísima Concepción en el Trastevere y en 1863 se le pide cambiarse, como Superiora, en otro Instituto religioso donde permanece por trece años.

La humildad es la nota de fondo como la dulzura su secreto: es Madre a tiempo lleno en el amor, en la oración, en la confianza, en la alegría. Su pedagogía tiene aquí sus raíces: “Hijas mías, usen siempre con las niñas el camino de la dulzura y de la persuasión…donde basta una palabra, el reproche es superfluo y el castigo dañoso…Amen a vuestras niñas, usen con ellas modales simples y maternos… ¡Cuánto Jesús ha amado a los niños!

Madre Elena Bettini, ya avanzada en edad, pide repetidamente de ser reemplazada en la tarea de guía del Instituto y cuando sucede, en 1892, su corazón rebosante de alegría y está para arrodillarse delante de la nueva Superiora General que la abraza con infinita gratitud: es Madre Cherubina Camerana que, desde niña en nuestro colegio, ha respirado a pulmón lleno el estupor de un Carisma, encarnado en su Madre y maestra Elena Bettini. 

Desde aquél día, rezar y amar llegan a ser su única tarea, rezo precioso del sufrimiento de una vida que declina, y como una vez las preocupaciones y  el trabajo llegan a ser oración entre sus manos, así ahora esta larga oración en el silencio, este secreto sufrir llegan a ser pan, energía, luz para sus hijas.

En la noche del 21 de diciembre de 1894 la travesía terminó, siente que los pasos del Esposo se acercan, su corazón tiembla de felicidad mientras su última mirada busca el Crucifijo, pero ya está delante, con toda Su luz, el Resucitado, el Amor de su vida.

El cortejo fúnebre por las calles de Roma es un triunfo de cantos, de flores, de oración: “Ha muerto la Santa” se siente repetir entre la multitud y una mamá que tiene en brazo a su hijo paralítico, descubre que es propio ella, su maestra y, de improviso llena de esperanza sigue el cortejo hasta el cementerio. Cuando todos se habían ido, pone su hijo sobre la tumba, segura de que ella lo sanará, pero las lágrimas no le permitían de ver que el pequeño está ya en pié y está moviendo los primeros pasos de su vida sobre aquella tumba apenas cerrada.

Hoy los restos mortales de nuestra Madre se encuentran en Vía Galvani y está más presente que nunca en nuestra historia. Cada hija que regresa se detiene en larga oración, entra en su pieza, pequeño Museo de las memorias más queridas y sentidas que el corazón de la Madre está aquí.

Del 15 de diciembre del ’95 con inmensa alegría y profunda gratitud la invocamos Venerable, siguiendo con amor sus huellas.

   Padre Lodovico Tommaso Manini

Nace en Regio Emilia el 7 de mayo de 1803 de Pedro y Josefina Rocca. A 19 años entra en la Congregación de los Clérigos Regulares de San Pablo y al año siguiente profesa solemnemente los votos religiosos en la familia Barnabítica.

Padre Manini

Terminados sus estudios de filosofía y teología en Roma, después de una breve estadía en Nápoles y en el Colegio de San Dámaso en Turín, regresa a Roma, elegido Párroco de San Carlo ai Catinari.

Es 1829, Padre Manini tiene 26 años y lleva en el corazón el entusiasmo de una juventud consagrada a Dios y el fuego carismático del Fundador.

En el centro histórico de Roma entra en contacto con un degrado social y espiritual impresionante: “Aquel barrio era la madriguera de un sector alborotado…” Recorre cada día aquellas calles que salen a Campo de Flores, el camino que lleva a Plaza Venecia, entra en pequeñas calles más escondidas donde resuenan gritos de niños abandonados a sí mismos. Su corazón sufre por este espectáculo: y no se puede resignar a mirar, no puede limitarse solo a predicar, siente que tiene que darle vida. Una mañana mientras el cielo de Roma se oscurece de repente y llueve copiosamente, una joven nunca vista, encuentra refugio en la Iglesia y permanece largo tiempo en oración delante de la imagen de la Madre de la Divina Providencia: es Elena Bettini que tiene en el corazón la misma pasión de dar respuesta a aquél grito de pobreza que la interpela cada día sobre los mismos caminos y se da cuenta que Alguien estaba allí esperándolos a los dos.

A Padre Manini le urge abrir una escuela completamente gratuita para acoger a todos los niños, educarlos e instruirlos, liberándolos así de las insidias de la calle y encuentra en Elena Bettini la persona disponible, con el corazón ya abierto hacia ellos.

El 21 de noviembre de 1832 en la pequeña, pobre casa de la calle de Los Carpinteros se abre la escuela de las Monjitas de San Carlos.

Los inicios son duros, la hostilidad pesante: como creer a una obra “sin fundamento”? Aquella escuela que cuenta únicamente sobre la Divina providencia es un sueño, una utopía, no puede tener futuro y aquellas pequeñas hermanitas que “por ninguna cosa del mundo tendrán la más pequeña recompensa”, están destinadas a fracasar. Algunas veces también la Providencia calla, pero la confianza no es menor, el amor no se rinde a aquél “espectáculo de las numerosas escolares cada día más disciplinadas”. Asombra a los sabios que habían decretado su fin.

La Providencia se sirve ya de manos misteriosas, de rostros conocidos, pero solo para el hoy, dejando un gran espacio a la privación de sus Hijas, así la obra de Dios pone raíces profundas, se dilata, puede contar sobre la pedagogía del amor que previene, que sostiene, que transforma y aquellas niñas salen de la escuela ya siendo capaz de afrontar la vida, listas para crear una familia bendecida por Dios, y educar cristianamente los hijos.

Padre Manini está ya lejos, él, el Fundador, el sostén ha podido seguir solo por tres años esta Obra bendita que es la más querida de la vida: “siento que estaría dispuesto con la ayuda de Dios, a dar la vida por ésta y para ellas (sus hijas), si fuese de la gloria al Señor” escribirá desde Venecia el 4 de julio de 1854. Una lejanía que le pesa, que a veces desearía hacerle reclamar su paternidad, pero sabe bien que “en tanto la obra santa se sostiene en cuanto está apoyada a la virtud de la Cruz. A mi me toca ahora callar y también sufrir, pero bendita sea la voluntada de Dios” continúa de Venecia el año siguiente.

Cuando Elena Bettini logra unirse con una carta, él revive toda la gracia de los Orígenes con el corazón lleno de gratitud a la Divina Providencia y no se cansa de repetir: “Hijas mías, vivan enteramente abandonadas a la amorosa Providencia del Padre: ella tendrá para Uds, el máximo cuidado y siempre las proveerá de todo.

Padre Manini está presente, sea cuando está lejos, sea cuando calla porque donde no llega su palabra ha llegado ya la oración, el sacrificio, la renuncia y en el testamento a las Hijas puede definirse con pleno título: “ aquél padres que Dios se ha dignado darles para siempre”.

Muere a Martinengo (Bergamo) el 2 de abril de 1872


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